Toda su insustancial rutina salta por los aires cuando Hugo es obligado a mudarse a casa de Gabi, un carismático amigo de la infancia. Un simple escenario para una cadena de eventos energéticamente memorables.
Con tintes de autoficción mágica, estas experiencias inconexas -y otras bien zurcidas- componen un diario de verano transcurrido en la primera década del siglo XXI. Un boleto para una experiencia con pocas restricciones que Hugo exprimirá sin moderación. Un billete basado en acontecimientos reales y un desfile de personajes difíciles de asimilar. Porque la vida prescinde del aburrimiento cuando menos te lo esperas.
En las ventanas de tiempo que componen Mañana me voy se expone lo que cada día se decide mostrar. Ni poco ni demasiado: lo reseñable o trascendente. Al igual que ocurre en Matrix y en innumerables cintas de ciencia ficción, muchos sucesos parecen una simulación. Aunque, en este caso, a la española y moteados de tintes costumbristas: barbacoas infinitas, la aparición de un delfín rosado, una meteorítica granizada, Enrique Bunbury o abuelos nudistas jugando a las palas. Entre est