La novela se sitúa en una Huelva fronteriza, marcada por la presencia titánica de la Rio Tinto Company Limited. El río Tinto -un río que no refleja el cielo, sino que muestra sus propias entrañas oxidadas- se convierte en la gran metáfora de la vida de su protagonista: Francisco Caballero.
Francisco Caballero es educado por su tío, Juan el Portugués, un hombre que domina la «raya» entre lo legal y lo ilícito. Bajo su tutela, Francisco descubre que en el derecho no gana quien tiene la razón, sino quien construye el mejor relato. Su ascenso es meteórico: de defender a mineros en los juzgados de partido a sentarse en las mesas donde los ingenieros ingleses deciden el destino de la provincia.
Es una disección del alma. Francisco vive en una contradicción constante: ama la elegancia británica y el orden de los tratados de retórica francesa, pero su sangre está ligada a la tierra roja y a la violencia de la sierra. El abogado se da cuenta de que ha fabricado tantas verdades para otros que ya no sabe cuál es la suya. El clímax no se libra con leyes, sino con el peso de la memoria y la traición.