Verano de 1979, últimos días del mes de agosto. Villalagar, un pequeño pueblo de apenas mil habitantes, vive las vísperas; en poco más de una semana celebrarán las fiestas patronales. Como todos los años, engalanan las calles, remozan las fachadas, encargan el asado y cuentan las horas para que vuelvan los de fuera a pasar unos días. Este año hay una novedad: después de cuarenta años, el pueblo cuenta con un Ayuntamiento salido de las urnas. Hay expectación por ver cómo resulta esto de la democracia; los más están seguros de que el cambio se va a notar, y para bien; la minoría, desconfía.
Ocurrió que, mientras los villalagarenses se entretenían con estas y parecidas cosas de mundo, uno de ellos, el sacristán, entró en escena para dar la campanada, ¡y vaya si la dio! Hizo saber que había sido testigo de un hecho que, por sobrepasar sus humanas entendederas, pudiera ser prodigio. El suceso llegó -vía ruegos y preguntas- al pleno municipal, para, tras democrática votación, ser declarado prioridad municipal por el nuevo equipo de gobierno. El sucedido trasciende fronteras, y a los tres días es primera página