Este poemario es una invocación poética donde la mitología egipcia atraviesa la experiencia humana contemporánea: bares, camas deshechas, hospitales y habitaciones donde escribir se vuelve una forma de supervivencia. Cada poema convoca a una deidad ligada al deseo, la rabia, la pérdida y la lucidez.
La voz poética se asume herida y testigo. No busca redención: escribe porque algo exige ser dicho. El lenguaje es íntimo, directo y sacrílego; mezcla lo sagrado con lo obsceno para revelar una espiritualidad corporal y honesta.
El libro construye una cosmogonía del margen: dioses que acompañan el fracaso, el deseo y la soledad contemporánea. La escritura aparece como el único acto posible de fe y resistencia ante la oscuridad humana.