Hay libros que explican el mundo y libros que lo escuchan. El mosaico del duende pertenece a los segundos: escucha a la araña que sube por la pared con su miga de pan, a la grapadora que envejece sin que nadie la vea, a la hoja seca atrapada en la rueda de una bicicleta. Objetos mínimos a los que el poeta devuelve el alma -y de paso, nos la devuelve a nosotros.
Pero bajo la ternura y el humor late algo más hondo. De la magia de lo cotidiano el libro avanza hacia la calma de la montaña, el pulso del deseo y el peso de la pérdida, hasta poder decir, al fin, lo que se dice de algunos: que tiene duende.
«No soy fragmentos aislados. Soy un mosaico en movimiento», escribe Wilk. Muchas teselas. Una sola sensibilidad.