El corazón del hierro late al compás del de todas aquellas personas que un día se vieron obligadas a abandonar su tierra en busca de otra más propicia. Una de ellas, Calígene, será quien tome la palabra expresando en su monólogo alguna de las vivencias que la experiencia migratoria conlleva: las expectativas, el viaje antes del viaje, el viaje en el que perecer o nacer de nuevo en otra parte, la dura vida que aquí aguarda...
Estamos ante una obra de resonancia clásica -a ello ayudan la universalidad del tema y el ritmo que imprime el verso- y, sin embargo, al mismo tiempo, rabiosamente contemporánea, puesto que cualquiera puede sentirse interpelado por una realidad que percibe bien cercana y que, en razón de su humanidad, lo sitúa del lado de las víctimas o del de los verdugos.
Esta es la historia de un viaje, cifrado en el agua, a través del mar y las olas, entre fronteras y alambradas. El agua que da la vida o la quita. La isla puerta o muro ciego. Este viaje se emprende en soledad, pero en nombre de cuantas quedaron atrás y en compañía de todas las que nacieron del camino. En El corazón del