Una almendra amarga conserva durante mucho tiempo en la boca aquello que el paladar preferiría olvidar: no solo su aspereza, sino la noticia secreta de una dulzura que pudo ser y no fue, el rastro de una plenitud dañada cuya memoria se resiste a desaparecer. Mihai Firica ha elegido esa persistencia sensorial para nombrar un libro en el que el amor no comparece como refugio frente al desgaste del mundo, sino como la forma más lúcida- y, por ello mismo, más bulnerable- de medirlo. El perfume al que alude el título no embellece la pérdida ni la disimula; la vuelve respirable, la sitúa en el aire que rodea los cuerpos, las cartas, las fotografías y los vestidos de quien estuvo y ya no está, y convierte la ausencia en una materia que se toca, pesa y hiere. El resultado es una obra de notable coherencia moral, y al mismo tiempo, de gran movilidad imaginativa.