distribuciones.es/imagenes/9791387/979138780654.GIF Una niña corre por un jardín, ríe y no dice nada. Esa imagen, la que Clitemnestra conserva al final de todo, sostiene los once cantos de este poema dramático. La reina de Micenas habla ya muerta, y lo que oye en los corredores de su casa no son las Furias, sino unos pasos pequeños que conoce de memoria. Desde ahí vuelve sobre cada uno de los suyos: el esposo que levantó el cuchillo en Áulide, la hermana a la que todos culparon de la guerra, el hombre que fue el único en pronunciar el nombre de la hija muerta, Electra, que solo ve sangre, Crisótemis, que abre una ventana para que la casa respire, Orestes, a quien no consigue odiar. El verso es corto, casi una respiración, y la repetición funciona como un pulso que no se calma: «La sangre. / La sangre.» No hay descargo ni condena. Hay una madre que, al término del recorrido, descubre que la memoria guarda otra cosa: «Al final / no recordamos las tragedias. / Recordamos la felicidad.» El libro interpela a quien haya perdido a alguien y a quien quiera oír el mito desde dentro de la mujer que lo padeció y lo ejecutó. Leerlo ahora es asistir a una tragedia griega