En Ahorcados el todo y la nada vienen a ser lo mismo. No es de extrañar; de sobra es sabido que un universo en el que cabe todo acaba reduciéndose a la nada, básicamente porque si introducimos en él todo lo que existe, o pueda existir, cada uno de esos componentes toparía con su contrario, con su antídoto, y ambos se aniquilarían, como la materia y la antimateria. Son matemáticas que no tienen vuelta de hoja: si al +2 lo juntas con el -2 no nos queda nada; si a +Miguel lo emparejas con -Miguel, tres cuartos de lo mismo, y si al +gato lo emparejas con el -gato, nos quedamos sin felino de todas todas. Claro que en este último caso nadie más que él tiene la culpa, por ese inveterado antojo suyo de estar muerto y vivo a la vez. Lo cierto es que llevamos dentro de nosotros a nuestro contrario, a nuestro anticuerpo, y, en consecuencia, no debería extrañarnos que en ocasiones nos cueste encontrar la frontera entre nuestro ser (o estar) viviente y nuestro ser (o estar) muriente.